saintPor Daniela Creamer.
Una iglesia cerrada despertó la imaginación de Mikel Gurrea. El director la veía en su barrio, Sants, y empezó a pensar en ella como una caja fuerte: ¿qué ocurriría si alguien entrara a robar sus figuras religiosas? De esa imagen nació su segunda película, presentada en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián. Lo que comienza con una promesa de cine de atracos acaba planteando una pregunta menos vistosa y bastante más incómoda: ¿qué hacemos cuando alguien a quien queremos necesita que nos quedemos?

Lali, interpretada por Victoria Luengo, regresa a Barcelona ante la enfermedad terminal de su madre (Ariadna Gil), con quien mantiene una relación rota. Allí se une a una banda que roba arte sacro bajo las órdenes de Rosario, el personaje de Eulàlia Ramón. Parte del dinero obtenido sirve para ayudar a personas que necesitan cuidados. El delito sostiene así una pequeña red de apoyo, aunque Gurrea no resuelve con esa buena intención las contradicciones de sus personajes.

Las secuencias de robo tienen algo de ritual. Hay atención al gesto, al espacio y a unas imágenes que los ladrones sustraen sin dejar de tratarlas con reverencia. Gurrea contó que, al investigar el robo de arte sacro, le llamó la atención esa relación casi devota con los objetos robados. La idea encaja con el barrio que inspira la película: un lugar de tradición asociativa y pasado anarquista que lleva, precisamente, el nombre de Sants.

Pero el conflicto más difícil para Lali la espera fuera de las iglesias. Luengo explicó en la rueda de prensa que su personaje teme cuidar a su madre y afrontar su muerte. Gurrea encontró ahí el centro de la historia al preguntarse si Lali quería hacerse cargo de ella o si solo sentía que debía hacerlo. La diferencia es dolorosa: cuidar puede nacer del amor y, al mismo tiempo, despertar culpa, rabia y ganas de huir.

Gil interpreta a una madre que también debe aprender a pedir ayuda. Su enfermedad no borra lo que ha ocurrido entre ambas ni garantiza una reconciliación. Les impone, eso sí, un tiempo compartido que ya no pueden aplazar. En paralelo, Rosario ofrece a Lali otra forma de pertenencia. Su banda funciona como una familia improvisada, capaz de sostener a otros mientras vive de quitarles a las iglesias aquello que consideran sagrado.

En esa tensión está lo más interesante de Sants, incluso si su paso por el festival ha tenido una acogida tibia. La película se acerca a los cuidados sin convertirlos en una virtud sencilla ni ofrecer a Lali una salida limpia. Gurrea mira también hacia la ciudad: en medio de su aislamiento, encontrar una comunidad puede ser tan urgente como difícil. Lali sabe entrar, coger lo que busca y escapar. Quedarse al lado de alguien cuando ya no hay manera de arreglarlo todo exige una valentía distinta.

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