mis muertos tristesPor Daniela Creamer.
“Los muertos no siempre regresan para asustar, sino para que los recuerden”, afirmó Pablo Larraín durante la presentación de Mis muertos tristes en el Festival de San Sebastián. Una frase que resume el espíritu de una obra en la que los fantasmas vuelven para reclamar, confrontar y reabrir esas conversaciones que los vivos prefirieron dejar pendientes.

El realizador chileno compareció ante los medios acompañado por la escritora argentina Mariana Enríquez y las actrices Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Carolina Álvarez y Alejandra Flechner. Juntos hablaron de muerte, memoria, familia y de una sociedad que continúa avanzando mientras arrastra fantasmas a los que nunca ha terminado de mirar de frente.

Presentada en la Sección Oficial, Mis muertos tristes ha llegado a San Sebastián convertida en un largometraje de 187 minutos, aunque su formato original es el de una miniserie de cuatro episodios que se estrenará en Netflix el 24 de septiembre.

 

La historia, construida a partir del universo literario de Enríquez, sigue a Ema, una médica recién jubilada que posee la capacidad de ver a los muertos. Su existencia se altera con la llegada de su sobrina Julie y con el asesinato de tres adolescentes en Piedrabuena, un barrio de Buenos Aires castigado por la violencia. Desde ese momento, las presencias del otro lado comienzan a multiplicarse y la frontera entre los vivos y quienes ya no están se vuelve cada vez más frágil.

Larraín explicó que el punto de partida fue la sensación que permanecía en él después de leer los relatos de Mariana Enríquez. No se trataba solamente de trasladar unas historias concretas a la pantalla, sino de encontrar una forma cinematográfica para aquello que sus textos dejan flotando en el ambiente.

“Lo que intenté hacer desde mi lado detrás de cámaras, de la manera más clara, profunda y también eficiente, era lo que sentía al leer los relatos de Mariana. No solamente desde el punto de vista mental, sino también en general”, señaló el director.

En ese universo, los muertos no funcionan únicamente como una amenaza. También conservan deseos, memoria y asuntos sin resolver. Larraín quiso invertir así la relación que habitualmente mantenemos con ellos: ya no son los vivos quienes los convocan a través de sus recuerdos o sus sueños, sino que son ellos quienes regresan porque necesitan ser escuchados.

“Nosotros estamos acostumbrados a ser los vivos quienes tenemos una relación con los muertos. De alguna manera, nos apropiamos de ese derecho, de esa posibilidad, de nuestros recuerdos, de nuestros sueños, de nuestra memoria”, reflexionó.

“Los muertos vienen a visitarnos para recordarnos que están ahí. Vienen a decir que no los olvidemos. Creo que cambiar ese punto de vista y dar una voluntad, una voz a esas personas es algo muy interesante y muy profundo”, añadió.

Ahí se encuentra una de las ideas más poderosas de Mis muertos tristes: sus fantasmas no aparecen solo para provocar miedo, sino para exigir un lugar. Regresan porque algo quedó sin decir, porque alguien no pidió perdón a tiempo o porque el olvido puede convertirse en otra forma de violencia.

La película nace de la unión de varios relatos de Mariana Enríquez. Durante la rueda de prensa, la escritora recordó que Larraín ya había mostrado interés por adaptar su obra, aunque aquel primer acercamiento no llegó a materializarse por cuestiones de tiempo.

La posibilidad reapareció más adelante, cuando ambos comprendieron que diferentes cuentos podían encontrarse dentro de un mismo espacio narrativo y dar lugar a una historia nueva.

“Yo sabía que Pablo había tenido interés por mi obra, pero por una cuestión de tiempo no se pudo hacer”, explicó Enríquez. “Antes de publicar mi siguiente obra, en un encuentro con él pensó: ¿por qué no hacer una confluencia con otros cuentos que consideraba que eran parte del mismo universo y hacer un texto nuevo? Me pareció un desafío muy interesante y acepté”.

Lejos de contemplar la adaptación como una reproducción literal de sus páginas, Enríquez celebró que su escritura pudiera transformarse al entrar en contacto con otro lenguaje. “Me es gratificante ver mi obra desarrollándose, una manera distinta de ver mi obra”, reconoció.

Larraín y Enríquez comparten, además, una forma de entender el género. En sus manos, el terror y lo fantástico no sirven para escapar de la realidad, sino para observarla desde un ángulo distinto. Los espectros, las casas inquietantes o los cuerpos que se resisten a desaparecer permiten hablar de desigualdad, violencia, abandono y memoria colectiva.

“A mí me parece muy interesante que ella piense que el horror, el terror y lo fantástico son un lugar desde el que mirar la sociedad”, destacó el cineasta.

Aunque la muerte atraviesa todo el relato, el verdadero corazón de Mis muertos tristes está en sus personajes femeninos. Mujeres que viven entre la pérdida y la supervivencia, entre los vínculos familiares y todo aquello que no alcanzan a comprender.

Una de las protagonistas habita precisamente esa frontera. Se relaciona con los muertos con mayor naturalidad que con los vivos y encuentra en ese contacto una posible forma de reparación. Muchos de los fantasmas que acuden a ella tuvieron finales trágicos. Su regreso les concede la oportunidad de reclamar justicia, pero también permite a quienes permanecen aquí pedir perdón por lo que nunca supieron o quisieron resolver.

Las actrices destacaron que la película combina su dimensión social con una mirada poética sin ofrecer respuestas cerradas. Tanto Enríquez como Larraín confían en la inteligencia del espectador y le permiten interpretar lo que ve sin señalarle constantemente el camino. En tiempos en los que tantas obras parecen empeñadas en explicarlo todo, esa confianza se agradece.

Julie, por su parte, es una joven que “se ha inventado su mundo para no tener que lidiar con el mundo real”. Sin embargo, permanece mucho más atenta a cuanto ocurre a su alrededor de lo que los demás imaginan. Tras su aparente desconexión existe también un deseo de acercarse a su tía y a sus primas, frente a la distancia que mantiene con sus padres.

La construcción del personaje buscaba alejarse de los modelos femeninos más convencionales. Julie posee un cuerpo diferente a los que suelen ocupar el centro de la pantalla, pero es plenamente consciente de su sensualidad. Su vínculo con los muertos tampoco se presenta como una rareza destinada a convertirla en una figura extravagante, sino como una parte natural de su identidad.

A su alrededor se forma una familia de mujeres que no responde a lo que el sistema espera de ellas. Son imperfectas, contradictorias y, en ocasiones, incapaces de escucharse. Pero cuando el mundo que conocen empieza a resquebrajarse, encuentran en ese linaje femenino una inesperada forma de resistencia.

En el extremo contrario aparece Lidia, una mujer definida durante el encuentro como “desbordada y negadora”. No escucha ni ve a los muertos y se convierte en la mirada más escéptica ante lo que sucede. Su negativa a aceptar lo imposible introduce otra tensión en la historia: quizá los fantasmas no sean menos reales por el simple hecho de que decidamos ignorarlos.

La conversación abandonó por unos minutos el terreno de lo sobrenatural para detenerse en una realidad bastante más tangible: la delicada situación que atraviesa el cine argentino.

Mercedes Morán defendió la importancia de las coproducciones internacionales para el desarrollo del cine argentino y latinoamericano. Dolores Fonzi, en cambio, fue directa cuando le preguntaron por el estado actual de la industria de su país.

“Pésimo”, respondió sin rodeos.

 

dolores fonzi

Fonzi señaló que el sector depende cada vez más de las plataformas y que las posibilidades de levantar coproducciones con otros países se han reducido de manera drástica. Según explicó, han desaparecido recursos y mecanismos que antes facilitaban la colaboración con cinematografías como la francesa, la belga o la alemana.

“No solo retiraron los recursos, sino que cortaron todo tipo de posibilidades de colaboración con otros países. Intentaron también girar menos subsidios a los libros, al teatro y así con toda la cultura”, denunció.

Sus palabras trascendieron el ámbito estrictamente cinematográfico para apuntar a algo más profundo: debilitar la cultura supone también atacar la memoria y la identidad de una sociedad. Y no deja de resultar significativo que esa reflexión aparezca precisamente en la presentación de una película poblada por muertos que regresan porque se niegan a ser borrados.

La rueda de prensa terminó regresando a una de las grandes ideas de Mis muertos tristes: la repetición de la historia. Argentina aparece como un país atrapado en ciclos que devuelven, una y otra vez, conflictos que nunca llegaron a cerrarse. Los fantasmas de la película se convierten así en la expresión de todo aquello que una sociedad intenta enterrar, aunque continúe respirando bajo la superficie.

Larraín relacionó esa experiencia con una tradición de resistencia también presente en Chile y con la obstinación de quienes siguen haciendo cine incluso cuando las circunstancias parecen empeñadas en impedirlo. Crear se convierte entonces en una forma de permanecer, de conservar la memoria y de levantar algo vivo desde los lugares más adversos.

En Mis muertos tristes, lo sobrenatural no es solamente una herramienta para provocar inquietud. Sus muertos encarnan la culpa, el duelo, los afectos familiares y las heridas colectivas que nunca terminaron de cicatrizar.

Porque algunos fantasmas vuelven para asustarnos. Otros, en cambio, regresan para recordarnos quiénes fuimos, qué hicimos y todo aquello que todavía nos queda por reparar.

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