El laberinto del fauno (2006), la película de culto de Guillermo del Toro protagonizada por Sergi López y Maribel Verdú, se estrena en versión restaurada en Cannes Classics con motivo de su vigésimo aniversario, en presencia del propio director. La película narra la historia de Ofelia (Ivana Baquero), una niña que crea un universo fantástico para escapar de la España franquista. La escena del banquete del Hombre Pálido, que tiene su origen en una iglesia de Guadalajara, merece una atención especial.
Guillermo del Toro dibuja monstruos desde niño, en sus libros escolares y en cuadernos que conserva hasta el día de hoy. Su abuela, una católica devota, intentó exorcizarlo dos veces, preocupada por su fascinación por las criaturas fantásticas. También le metió tapones de botella al revés en los zapatos para que le sangraran los pies, como forma de redimir el pecado original. Del Toro utiliza esta peculiar infancia mexicana como materia prima.
El laberinto del fauno se nutre de su esencia. A lo largo de una carrera que abarca tanto películas comerciales como Hellboy y Pacific Rim como películas más pequeñas, esta podría ser la más personal de Del Toro. En una clase magistral impartida en el Festival Lumière en 2017, Del Toro reveló el origen de su monstruo más formidable: « La criatura de El laberinto del fauno (El laberinto del fauno) está inspirada en una escultura de Santa Lucía donde la santa llevaba sus propios ojos en un plato. No tenía ojos y estaba sangrando ». Vi esta imagen de niño en una iglesia gótica de Guadalajara y décadas después se transformó en el Hombre Pálido.
La escena dura tres minutos. Hay una habitación subterránea y una mesa larga repleta de comida que nadie toca. Sentada a la cabecera, una criatura blanca permanece inmóvil con los párpados cerrados. Al observarla con atención, se ve que tiene los ojos en las palmas de las manos. Ofelia se acerca, se resiste, pero finalmente cede y come dos uvas. Eso es suficiente para despertar al monstruo.
Buñuel es la inspiración para la mesa. En Viridiana (1961), una de las películas favoritas de Del Toro, hay una parodia de La Última Cena donde mendigos se reúnen alrededor de un banquete. Del Toro juega con la imagen y crea un monstruo en ayunas y un niño transgresor, transformando la crueldad del régimen franquista en un cuento.

