Por Daniela Creamer
Cada año, la alfombra roja del Festival de Cannes se convierte en un espectáculo global: flashes, alta costura y estrellas de primer nivel. Figuras como Tom Cruise, Leonardo DiCaprio o Margot Robbie no solo aportan glamour; garantizan visibilidad mediática planetaria. Sin embargo, en esta edición, Hollywood ha estado llamativamente ausente de la selección oficial. ¿Casualidad? En absoluto.
La aparente contradicción —un festival que necesita celebridades, pero reduce la presencia de la industria que las produce— es, en realidad, una decisión consciente. Estratégica. Cultural. Incluso ideológica.
Cannes no es anti-Hollywood, pero tampoco juega bajo sus reglas. Desde su origen, el festival ha defendido el cine como expresión artística, no como simple producto industrial. Mientras Hollywood —representado por gigantes como Warner Bros. o The Walt Disney Company— apuesta por franquicias, secuelas y narrativas diseñadas para el mercado global, Cannes privilegia el riesgo, la mirada autoral y las cinematografías menos dominantes.
No es un rechazo frontal. Es criterio. Si una película estadounidense responde a esa lógica, entra. Si no, queda fuera. Así de simple.
Ahora bien, hay factores adicionales que explican esta menor presencia. El impacto de las huelgas de 2023 —lideradas por Writers Guild of America y SAG-AFTRA— sigue sintiéndose. Menos rodajes, retrasos en postproducción y, en consecuencia, menos películas listas a tiempo para competir en 2025 y 2026. Y de las que llegaron, muchas no encajaban con la línea artística del festival.
Otro punto clave es el modelo de distribución. Cannes exige estreno en salas en Francia, lo que choca directamente con plataformas como Netflix, Apple o Amazon. Desde el conflicto de 2017 —cuando Okja y The Meyerowitz Stories quedaron en el centro del debate— la relación con el streaming es, siendo generosos, tensa.
Francia no cede en este punto. Y no es menor: protege activamente su industria con leyes que priorizan la exhibición en salas. El mensaje es claro: para Cannes, el cine no es contenido; es experiencia colectiva.
A esto se suma un cambio de mirada. En los últimos años, Cannes ha desplazado el foco hacia cinematografías emergentes: Asia, Europa del Este, América Latina. No es una reacción contra Estados Unidos, sino una apuesta por diversificar el relato global y evitar la homogeneización cultural que Hollywood suele imponer.
Entonces, ¿por qué Cannes sigue invitando estrellas de Hollywood?
Porque las necesita. Las celebridades son el anzuelo mediático, el puente entre el cine de autor y el público masivo. Pero su presencia no condiciona la selección. Cannes toma el brillo… sin comprar el sistema.
En el fondo, no hay conflicto: hay equilibrio.
La menor presencia de Hollywood este año no es un desplante, es una reafirmación de identidad. Cannes no compite con Hollywood en espectáculo —y tampoco lo intenta—. Compite en algo más difícil: en criterio.
En un ecosistema dominado por algoritmos y franquicias, Cannes sigue apostando por el cine como riesgo, mirada y provocación. Y su mensaje, sin decirlo abiertamente, es contundente: no todo lo que arrasa en taquilla merece la Palma de Oro.

