El cineasta brasileño Karim Aïnouz llegó a Berlín con una película que parece un sueño elegante… hasta que se vuelve una pesadilla luminosa. Su nueva obra, Rosebush Pruning, se presentó en el Festival Internacional de Cine de Berlín rodeada de un reparto lleno de figuras conocidas y de una historia donde la riqueza no protege: corroe.
En pantalla aparece una familia estadounidense instalada en el campo español, dueña de una fortuna heredada tan vasta que ha sustituido cualquier necesidad real. Allí viven entre jardines perfectos, salones silenciosos y una cortesía que apenas disimula la hostilidad. Se hablan como quien mide distancias, se miran como enemigos obligados por la sangre.
Pamela Anderson, Callum Turner, Jamie Bell, Riley Keough y Elle Fanning dan vida a este clan en ruinas interiores. Ed, uno de los hijos, observa a los demás como si fuera el único consciente del desastre: los describe como seres inertes, encerrados en su propio reflejo.
El padre —interpretado por Tracy Letts— gobierna desde la ceguera, una figura autoritaria cuya presencia resume la tesis central: la abundancia ilimitada puede deformar el carácter hasta volverlo cruel. La película sugiere que, cuando la desigualdad alcanza niveles extremos, la convivencia empieza a parecerse peligrosamente a un sistema de dominación.
En espíritu, la obra dialoga con The White Lotus, Succession y El triángulo de la tristeza: historias donde el lujo no es glamour sino síntoma. Pero su raíz es más antigua: nace del filme italiano Con las manos en el bolsillo de Marco Bellocchio, que ya exploraba la violencia latente dentro de una familia acomodada.
La idea surgió en tiempos de encierro pandémico, cuando un productor propuso revisitar esa obra en un espacio único de rodaje. Aïnouz encontró allí la oportunidad de observar a los hijos después de haber filmado sobre padres: cuatro descendientes atrapados en una casa demasiado grande para cualquier afecto verdadero.
El guion, escrito por Efthimis Filippou —colaborador habitual de Yorgos Lanthimos— transforma la historia en una fábula oscura, casi infantil y perturbadora, como si los cuentos tradicionales hubieran sido contaminados por la ironía contemporánea.
Colores brillantes, insinuaciones incómodas y estallidos de violencia recorren la película. Los vínculos fraternales se tensan hasta lo irreconocible y la madre —a quien da vida Anderson— reaparece en la vida familiar pese a que todos la creían muerta, convertida en una presencia que desarma la lógica del hogar.
Durante la presentación, el director habló también del cine fuera de las fronteras: cada vez más internacional, menos dependiente del idioma dominante. Celebró que muchas producciones recientes reconocidas por la Academia no estén habladas en inglés y defendió la importancia del financiamiento público, recordando que en su país el cine difícilmente existiría sin ese respaldo.
Así, la película termina funcionando como sátira y advertencia: bajo el brillo impecable de la riqueza puede crecer una forma silenciosa de violencia, una podredumbre que no necesita pobreza para florecer.

